Podría decirse que el proyecto del Chillida-Leku nació en 1984, cuando la familia Chillida compró la primera parcela de la finca de Zabalaga, pero la idea es anterior, una vieja aspiración del escultor. Escuchémoslo en sus propias palabras. «Un día soñé una utopía: encontrar un espacio donde pudieran descansar mis esculturas y la gente caminara entre ellas como por un bosque». Los Chillida buscaron largo tiempo ese espacio y hoy el sueño es una vigorosa realidad. «Hemos convertido la utopía en algo concreto, y lo hemos conseguido sin ayudas externas, sólo con nuestro esfuerzo y nuestros medios», resume Pilar Belzunce.
San Sebastián, inicio de la década de los 80. El matrimonio Chillida visita la finca de Zabalaga invitado por sus entonces propietarios. Al salir, casi por telepatía, Eduardo y Pilar llegan a la misma conclusión: es el lugar ideal para su proyecto. En 1984 adquieren la primera parte de la finca (20.000 metros cuadrados y el caserío central) y en compras posteriores amplían su propiedad hasta las trece hectáreas de hoy. Zabalaga era entonces una amplia extensión de terreno donde pastaban los animales. Su joya central, el caserío, estaba prácticamente en ruinas. El edificio, construido en 1543, es uno de los más antiguos que se conservan en Gipuzkoa.
El trabajo desde entonces hasta aquí no ha sido fácil. Lo más complicado fue restaurar el caserío. Chillida lo ha convertido en otra obra de arte: por fuera ha guardado la máxima fidelidad con su pasado, incluido su noble escudo de armas, y por dentro lo vació hasta dotarle de una nueva personalidad. El escultor ha contado que hizo el trabajo «en diálogo» con el propio edificio. «Yo le iba preguntando al caserío cómo quería ser, lo recorría por dentro y le iba planteando si quería conservar tal muro, aquella pared o esta entreplanta, y el caserío quedó como él mismo nos dijo». En esta tarea arquitectónica la intuición artística de Chillida estuvo respaldada por Joaquín Montero, el arquitecto que ha colaborado con el escultor en buena parte de sus intervenciones urbanísticas. Montero recuerda que el trabajo de reconstrucción se ha realizado de una manera absolutamente particular, sin presupuestos y sin plazos de ejecución. «El método lo impuso Eduardo, y es su propio sistema de trabajo, avanzar paso a paso, parando si es preciso para reflexionar y con el único objetivo de la calidad y la obra bien hecha». Sigue Montero: «Cuando oía hablar a Eduardo sobre escuchar los consejos que el propio edificio nos daba yo pensaba que era fruto de su forma poética de expresión, pero con el paso del tiempo me di cuenta de que efectivamente la casa nos ha dirigido de alguna forma». Concluida la restauración del caserío y madurado el proyecto de museo hubo que pensar en la llegada de visitantes. El propio Joaquín Montero fue quien diseñó las pequeñas edificaciones que sirven de entrada del público y biblioteca.
Pero no sólo se trataba de adecuar urbanísticamente la finca a su uso como museo: había que darle su personalidad artística. Ahí jugó su papel el catedrático de Arte Kosme de Barañano, colaborador de Chillida desde hace años y quien ha asesorado a la familia en la disposición de las esculturas a lo largo y ancho de la finca. «No hay un recorrido unívoco», dice, «las piezas no están instaladas en un orden cronológico, y tampoco hay un recorrido radial a partir del caserío. El conjunto está concebido como un gran espacio abierto en el que los diálogos que se establecen entre las piezas, a diversos niveles de altura, así como con el propio caserío, se conforman de maneras muy distintas. Así como las obras propias obras de Eduardo ofrecen diferentes vistas desde muy distintos puntos, de igual forma habría que considerar Zabalaga como un conjunto escultórico que se puede contemplar de formas muy diferentes».
Y en la gestación de Zabalaga ha tenido mucho que ver otra persona, Joaquín Goikoetxea, que simplificadoramente podría definirse como el guardián o jardinero de la finca, pero que es en realidad quien ha velado por su perfecta conservación en los últimos veinte años. Goikoetxea, que fue pastor en Canadá, es todo un personaje que ha vivido sobre el terreno el día a día en la gestación de este museo, de utopía a realidad. «Ha sido un proceso largo y complicado que al final ha resultado bien, pero fuimos muy valientes al meternos en esto sin ayudas», dice como balance el matrimonio Chillida.
Este texto pertenece al libro “Una Utopia convertida en realidad” escrito por Mitxel Ezquiaga.
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Historia del Caserío · Caserío Zabalaga