Homenaje a la mar IV
A mediados de los años 60, Eduardo Chillida comienza a trabajar con el alabastro, un material apto para recoger la luz que logra que esta se manifieste de forma trascendental. El alabastro le permite captar la luz negra del Cantábrico, esa luminosidad oscura de donde el artista siente que procede.
En Homenaje a la mar IV Chillida ha ido horadando una serie de formas semicirculares que emparentadas a las olas del mar remiten directamente a las esculturas del Peine del viento situadas en el extremo de la bahía de la Concha en su ciudad natal. La visión del mar en movimiento continuo inspira al artista en esta composición de curvas que conectan con el eterno avance y retroceso del agua y los ritmos de la naturaleza. El mar es el límite con la tierra. Es profundo, misterioso e inabarcable. La mar le ofrece respuestas a sus eternos interrogantes. Dice Chillida: “la mar es mi maestro”.